
Días atrás soñé que el tiempo se detenía y en un intento por corregir errores del pasado, nada volvía a ser lo mismo. Y las inmóviles agujas del reloj me recriminaban el tiempo perdido. Todo se paralizaba en un instante. Solo quedaban el pasado y el presente. Ya no la promesa de lo que vendría, de nuevos días. Temí que ese lapso de tiempo aletargado fuera eterno. Temí que se hubieran acabado las horas. Huí desesperadamente y me refugié en un bosque encantado en el que solía jugar de niño.
Nada era lo mismo, como dije. Y el bosque de hadas y duendes, de brujas y gigantes; había perdido su ilusión. Me dejé caer sobre el suelo y en un grito de furia incontrolable abandoné las fuerzas que me restaban. Los árboles, a mis ojos, estaban todos talados. No quedaba más que su recuerdo. Y fantasmas, espectros abominables, danzaban a mi alrrededor en una coreográfica burla acompasada. Me mareé y, finalmente, me desvanecí en pálida inconciencia.